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domingo, 29 de septiembre de 2013

EL RICO Y EL POBRE QUE TODOS LLEVAMOS DENTRO

EL POBRE Y EL RICO QUE TODOS LLEVAMOS LLEVAMOS DENTRO

Final de setiembre, inicios de octubre, la lluvia, puntual y necesaria nos recuerda que se aleja el verano, comenzando la vorágine de ofertas, y programaciones novedosas en todos los medios. Todos quieren vender grandes novedades, también en la Evangelización, aparecen técnicas, métodos, enganche a nuevas tecnologías, se nos llenas las redes sociales y los templos de bellísimos carteles… Todo esto es bueno, atrayente y necesario ¿Pero quién es la novedad? Ayer, hoy mañana: Cristo. Lo indispensable y novedoso: el Evangelio.

En el evangelio de este domingo, Cristo como terapeuta media en nuestros conflictos interiores tocando en nosotros una fibra sensible, muy sensible: nos hace ver que (nosotros también) somos indispensables. En la parábola del pobre Lázaro y el rico Epulón; éste, cuando ya está en el infierno, todavía desea ayudar a sus familiares, advirtiéndoles del peligro que significan las riquezas. Es decir, hasta nuestra experiencia en el infierno parecería tener sentido si la pudiésemos ofrecer a los demás (ya nos dice la parábola que en ese caso no es posible). Seguramente no hace falta llegar a ese extremo. En medio de nuestra mediocridad y luchas y caídas somos indispensables (entre Dios y el otro) cada vez que hacemos algún cambio en nuestra vida por el prójimo: perdonar, callar, hablar, perseverar, obedecer… Lo que ocurre es que hacer algo sólo por el prójimo es humanamente imposible; no podemos eliminar los intereses así como así. Mirando a Cristo sí que podemos. De ese modo, El, no sin nosotros, da sentido a nuestra unión con los demás. Y este es un aspecto de gran novedad.

También parece que Cristo en el Evangelio de hoy quiere llamar nuestra atención sobre el rico y el pobre que luchan dentro de nosotros. Describe minuciosamente a los dos, pero algo llama la atención. El nombre dado al rico “Epulón”, se sabe que viene de un testo latino de la vulgata Epulabatur quotidie splendide que estaba sentado en banqueteando todos los días, pero no tiene nombre propio el rico, el pobre sí: Lázaro. El evangelista Lucas no utiliza ningún nombre propio en las parábolas, curiosamente aquí sí. Es posible que sea la amorosa mirada de Cristo al pobre (necesitado, enfermo, limitado) que todos llevamos dentro y nos llama por nuestro nombre. Lázaro evoca a Betania, casa de la amistad, de Lázaro, el amigo de Cristo. Es Cristo quien mirando nuestra pobreza en amor y amistad nos ayuda a vencer a ese “epulón” que todos llevamos dentro, y así ser, como cristianos, indispensables en la evangelización.

sábado, 30 de marzo de 2013

"SIN MUERTE NO HAY RESURRECCIÓN", Ricardo Gómez


A los apóstoles les costó creer en la resurrección, a pesar de que Cristo se la había anunciado. La tristeza se había apoderado de ellos tras su muerte. Esperaban un Cristo distinto, capaz de transformar sólo con su presencia, predicación y milagros, el corazón de los hombres, primero de los judíos, después de los paganos, y si no de alguna manera tendría que imponerse, incluso a los poderes de este mundo y a la dominación romana, pues Israel es el pueblo elegido por Dios y el Cristo es su Mesías. No podían comprender que la muerte en la cruz resumía toda su vida pública y lo que les había enseñado, la humildad de un amor llevado al extremo. “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn.12,24). Cuando les es anunciada la resurrección por parte de las mujeres que acudieron al sepulcro el primer día de la semana, María Magdalena, Juana y María la de Santiago, “a ellos todas aquellas palabras les parecían desatinos y no las creían” (Lc.24,11). Incluso Pedro que vio el sepulcro vacío “volvió a casa, asombrado por lo sucedido” (Lc.24,12). Fue necesario que Cristo se les apareciera en distintas ocasiones, comer con ellos y que lo tocaran para que creyeran y para elevar su ánimo, como se refleja en los discípulos de Emaús y en Tomás; preparándoles para que, en el momento oportuno, tras Pentecostés, pudieran dar valiente testimonio de Él. 





Cuando tenemos concepciones preformadas de quien es Dios, cómo debe de comportarse, lo que debemos esperar de Él, lo que quiere de nosotros, etc., no estamos en oración, no escuchamos al Espíritu Santo que nos inspira, y no nos enteramos de cuál es su deseo real para con nosotros. No hay inspiración si no perdemos nuestras preconcepciones para, libres y abiertos al Espíritu Santo, podamos comprender a Dios, saber qué quiere, entender por qué actúa de esa manera en cada caso y comprender cuáles son mis limitaciones e imperfecciones para poder hacer algo por cambiarlas con su gracia; así como lo que quiere de cada uno de nosotros.


Para resucitar hay que morir previamente. Morir, una muerte física, biológica, es fácil, no hay más que esperar a que en el tiempo se concluyan las leyes biológicas del desarrollo y posterior deterioro. Una muerte que nadie desea, quizás por ir en contra del destino original para el que fuimos creados, la asunción al cielo sin pasar por la muerte, como María al nacer Inmaculada. Pero nosotros, herederos del pecado original, tenemos que pasar por la muerte. Sin embargo, la otra muerte nos es más difícil, morir viviendo. Morir cada día a toda la negatividad que tenemos por nacimiento, tendencias del pecado original, y a aquellas que a lo largo de la educación y vivencias de este mundo hemos adquirido. El morir a todo lo mío y a mí mismo es místico vivir, pues empezó por Él que me llamó y me tocó a fin de que le diera permiso para entrar en mí y poder comer juntos el ágape sagrado. Si somos acogedores como respuesta, Él habitará nuestro espíritu.


Tengamos permanentemente la consciencia de que somos inhabitados por las Personas Divinas que nos constituyen y nos santifican. Una consciencia que me lleva, por amor, a una permanencia constante en atenderles y servirles muriendo a mí mismo, como Ellas hacen conmigo. ¿Esta inhabitación en mi espíritu no es un servicio total que me hacen por el amor absoluto que me tienen?


Morir a todo lo mío y a mí mismo es condición para la resurrección mística, que es vivir un espíritu nuevo que me mantiene, aunque en el mundo, alejado del mundo, de su forma de pensar y de desear, tal como nos dice San Pablo:“Os exhorto… a que os ofrezcáis a vosotros mismos como un sacrificio vivo, santo agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien, transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cual es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rom. 12, 1,2).


Pidamos la gracia purificadora que nos abra plenamente a la gracia santificante y vivir así el destino para el que fuimos creados por un Padre que nos ama hasta el extremo de entregarnos a su Hijo. ¿Hay amor más grande que ponerse en nuestras débiles y limitadas manos, sabiendo que le íbamos a escarnecer y crucificar, con el fin de mostrarnos su Paternidad incontestable y nos demos cuenta de que somos sus hijos añorados en la casa Paterna? Ciertamente somos hijos pródigos que nos hemos levantado para volver a la casa del Padre, donde la gloria divina se manifiesta en la música festiva que prepara comiendo el becerro cebado por el regreso de tantos hijos que se habían perdido, pues “Hay más alegría en el Cielo por un solo pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión (Lc. 15,7). Somos pecadores en camino hacia la casa Paterna, ya oímos la alegría de la fiesta y ya el Padre sale a nuestro encuentro para acogernos con un beso, pues diariamente mira a ver si regresamos…






Déjame, Señor, morir un rato.


Lo que tarda mi reloj


en dar “y cuarto”.


Que una resurrección pequeña


vale ya más…


que haber vivido siempre.

(Fernando Rielo, Pasión y muerte)

jueves, 21 de marzo de 2013

PAPA FRANCISCO: SENCILLAMENTE RELIGIOSO. Isabel Orellana Vilches

En ese instante exacto en el que alcanza su cenit el aserto evangélico de ser espectáculo para el mundo, Francisco se presentó ante él hace una semana, revestido de fortaleza, impregnando a todos de su gravedad y emoción. En esos iniciales segundos en los que se hacía a la idea de su altísima responsabilidad ya dio muestras de que hay cosas que no se improvisan: anidan en el corazón. Los primeros gestos, esos que se miden por su alcance con minuciosa precisión, y más en una circunstancia tan poco común, surgieron como un rayo de luz en el umbral de esta primavera. Y Francisco, que ha querido incorporar a su nombre la memoria y la indeleble huella del mundialmente aclamado Poverello, enseguida plasmó su religiosa impronta con una humildad y sencillez conmovedoras. Lo vimos todos y se ha recordado mucho estos días: gratitud por su antecesor, el amado pontífice emérito Benedicto XVI, tierna devoción a María, petición de oraciones y una entrañable cercanía que dejó a todos sin saber qué decir, seducidos por su falta de boato y un fraterno sentimiento de familia sellando el corazón. En muy pocas palabras vertió raudales de esperanza a los millones de personas que le contemplábamos desde todos los puntos del planeta. Un nuevo pontífice que sin ser excesivamente joven, como los vaticinadores se habían ocupado de vociferar los días previos a la elección, porque así lo deseaban juzgándolo un bien para la Iglesia, aunaba en si mismo la experiencia de un hombre de Dios que llevaba décadas perseverando en el carisma ignaciano al que fue llamado para seguirle.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Legitimidad de las imágenes de nuestra Semana Santa.




Legitimidad de las imágenes de nuestra Semana Santa
Juan Manuel Morilla Delgado

Nuestra Parroquia de San Pedro Apóstol en la Barriada del Río San Pedro venera a Jesucristo como  “Cristo del Amor”. Es el amor sobrenatural de Cristo el pan que nosotros necesitamos, con una mayor prioridad que cualquier otra necesidad. «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4, 34). Cristo, siendo el Cristo del Amor, como lo vemos representado en nuestra imagen; expresa a Cristo muerto de amor, desangrado de amor, deshidratado de amor; porque la sed de su amor por nosotros, por nuestra salvación, por nuestra santidad, ha hecho que Cristo exhale en su palabra la aspiración divina de su corazón: “Tengo sed”. Y aquí no se trata de una sed física, sino de una sed aún fuerte, que es la sed divina de salvar y morir; no sólo una vez, sino siempre con tal de salvar una sola alma. Es por ello ese carácter divino del amor de, o “Cristo del amor”, el que hace que Jesucristo, el único Mediador, como sacerdote y sacrificio, nos abre las puertas del cielo; que la Iglesia nos da por medio el sacramento del bautismo y mediante los demás sacramentos, particularmente en la Eucaristía. 
Este amor sobrenatural de Cristo, fundado en la Eucaristía es el fundamento de nuestra fe católica; y es el sacramento y alimento que recitamos e invocamos a nuestro Padre celestial en la oración divina que Jesucristo nos enseño: Danos hoy nuestro pan de cada día…pan que es su amor divino en el cuerpo y sangre sacramental; mediante el cual todas las demás cosas se nos dan por añadidura: Buscad el reino de los cielos y todo lo demás se os dará por añadidura… Este es el alimento bajado del cielo para ir al cielo… Un cielo que no es sólo para mañana, sino que ya poseemos en nuestro corazón y que tiene como frutos, la paz, la alegría, la beatitud y la consciencia de sentirnos hijos verdaderos de Dio.
Este es el sentir de nuestra devoción popular bien formada, cuando vivimos este amor divino del “Cristo del amor”: mover nuestro alma, nuestro espíritu y nuestro corazón, como recita el poema anónimo de nuestra tradición mística hispana

“No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte”…


En esta emoción y devoción de despertar nuestro corazón, que es a la vez canto, saeta que se eleva como oración en nuestro sentir popular de la semana santa. Romántico amor sobrenatural de divino y romántico del amor de Jesucristo. De tal modo que la devoción popular con sus multiforme advocaciones del “Cristo del amor”, la consideración de su pasión, muerte y resurrección, que tiene como objeto aquel “despertar” y “ver”, no solo con los ojos físicos, sino con los del corazón, aquella conversión de cada uno de nosotros en verdadero hijo y hermanos de Cristo, mediante su amor. “Porque si no le miramos y no consideramos lo que le debemos (la muerte que padeció por nosotros) como decía santa Teresa de Jesús- cómo podremos amarlo.
Algunos podrían decir en relación a las imágenes de nuestra tradición de la Semana Santa, que esas son idolatría, pues como el texto del Antiguo Testamento prescribe: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de cosa que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra: No te inclinarás á ellas, ni las honrará…”
Sin embargo, la clave de lectura de todas las Sagradas Escrituras, tienen como centro a Jesucristo, de tal modo que come el evangelio de Juan: “A Dios nadie lo ha visto nunca; el Hijo unigénito, que es Dios y que vive en unión íntima con el Padre, nos lo ha dado a conocer” (1,18). De tal modo que “por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina” (DV 2). He aquí la legitimidad de la imágenes en relación al conocimiento del Padre en el misterio de su amor infinito en el crucificado “Cristo del amor”. De quien el texto evangélico dirá: “El que me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14,6-13). Además, como escribe santa Teresa de Jesús, defendiendo la santísima humanidad de Cristo y la fuerza de su carácter afectivo en orden a despertar a los hombres a amar a Dio, pues “no somos ángeles, sino mientras vivimos en este cuerpo mortal, nuestro intelecto y todo nuestro espíritu encarnado tiene necesidad de apoyarse a lo corpóreo. No podemos amar en abstracto. He aquí la importancia de la humanidad de Cristo y su relación con nuestra vida. En este sentido el rostro y la realidad encarnada de Cristo, nos coloca en aquella dimensión profunda de la vida espiritual. Por esta razón, como comentaba Benedicto XVI en la Verbum domine,   “Ahora, la Palabra no sólo se puede oír, no sólo tiene una voz, sino que tiene un rostro que podemos ver: Jesús de Nazaret”. Rostro, no de un Cristo muerto, sino de aquel rostro del Cristo del amor, que nos mueva, oír y ver, mediante la oración, más allá de los sentidos físicos de la carne; porque la comunicación de rostro de la humanidad de Cristo, no es un encuentro con rostro humano cualquiera, sino que envuelve el misterio que envuelve e interroga el misterio de toda persona humana, en una especie de sonoridad cuyo horizonte tiene resonancia de vida eterna. Por esta razón al rostro y a la humanidad de Cristo, y en general a cualquier rostro, como ya dijera  E. Lévinas, sólo podemos acercarnos mediante la escucha del corazón, de tal modo que como que quien ve el rostro de Cristo y escucha su palabra, sino que ve al Padre y escucha su palabra. No podemos vivir nuestra vida espiritual cristiana sin tener un modelo. Así,  «Siguiendo la narración de los Evangelios, vemos cómo la misma humanidad de Jesús se manifiesta con toda su singularidad precisamente en relación con la Palabra de Dios. Él, en efecto, en su perfecta humanidad, realiza la voluntad del Padre en cada momento; Jesús escucha su voz y la obedece con todo su ser; él conoce al Padre y cumple su palabra (cf. Jn 8,55); nos cuenta las cosas del Padre (cf. Jn 12,50); “les he comunicado las palabras que tú me diste” (Jn17,8). “Los Padres de la Iglesia, contemplando este misterio, ponen de modo sugestivo en labios de la Madre de Dios estas palabras: «La Palabra del Padre, que ha creado todas las criaturas que hablan, se ha quedado sin palabra; están sin vida los ojos apagados de aquel que con su palabra y con un solo gesto suyo mueve todo lo que tiene vida»[1]. Aquí se nos ha comunicado el amor «más grande», el que da la vida por sus amigos (cf.  Jn 15,13)”[2]. La fuerza de la espiritualidad es la afectividad; que como fuerza psíquica y romántica de la antropología hispánica, debe estar llena del contenido de la gracia santificante de la confesión y la comunión.


[1] Máximo el Confesor, Vida de María, 89: CSCO, 479, 77.
[2] Benedicto XVI, Verbum Domini, 12

domingo, 10 de marzo de 2013

LA CASA DE NUESTRO SER. Carlos Romo Sanz



La casa de nuestro ser

Carlos Romo Sanz

En el Evangelio de este cuarto domingo de cuaresma nos presenta Cristo una imagen de Dios no como un vengador y castigador de los hijos malos, sino como Padre Misericordioso. (En realidad la llamada parábola del hijo pródigo tendría que ser la parábola del “Padre misericordioso”). Un Padre que con nostalgia espera al hijo que rompió con la familia y se marchó. El Padre sufre, no porque el hijo dilapide la herencia, o viva una vida desenfrenada en sexo, alcohol y drogas, o simplemente viva “su vida”. No es eso lo que le disgusta al Padre, sabe que su hijo no es feliz, y quiere darle todo lo bueno que tiene en su casa. Le quiere hacer heredero de su casa y posesiones. Compartir con él, pero respeta su libertad, no impone, espera…

En la mitología griega, Perseo, hijo de dios (Zeus) y de mujer, lucha contra los dioses porque piensa que los males llegan a los hombres por culpa de los dioses, que mataron a los padres que lo adoptaron y cuidaron. Zeus baja a la tierra porque ama a Perseo y desea que comparta con él, como su hijo, la vida de los dioses. Perseo renuncia a ir con Zeus al Olimpo y quiere vivir con los hombres, con los que ha estado siempre. Mitología que visualiza algo que se nos que se repite. Cristo, Hombre y Dios, viene a la tierra para hacer a los hombres hijos de Dios y hacernos partícipes del Reino de su Padre. El sabe que el Padre nos ama y nos espera. El cielo es la casa adecuada a nuestra naturaleza, la casa de nuestro ser, pero Cristo no crea mitología, ni piensa en un ser abocado a la muerte refugiado en la casa que se construye con la razón, como propondría Heidegger desde su existencialismo.

martes, 12 de febrero de 2013

BENEDICTO XVI. EL PESO DE LA CRUZ, Isabel Orellana Vilches

El 11 de febrero de 2013, festividad de Nuestra Señora de Lourdes, forma parte ya de la historia de la Iglesia y del mundo, por ser la fecha elegida por un pontífice, tan amado como denostado según el prisma de que se trate, para presentar su renuncia. Una noticia impactante, inesperada, que ha dado la vuelta al mundo suscitando toda clase de emociones y comentarios. Para los católicos de pro un hecho conmovedor que sitúa a este papa en el frontispicio de la humildad y de la inocencia evangélicas. Si todavía existe alguien que dude de la grandeza de este hombre menudo, que tras sus rasgos de timidez esconde una fortaleza y temple admirables, hoy, el día después, debería comenzar a recapacitar y tomar en consideración el trasfondo que encierra una decisión de esta magnitud. Porque quien ha dado este paso no es una persona inconsciente, quejumbrosa y débil. Por el contrario, el que todavía es Vicario de Cristo en la tierra tiene tras de sí un bagaje espiritual, intelectual y humano que no puede traducirse con palabras, y del que ya ha dejado constancia fehaciente en su imponente trayectoria.

El tiempo, que todo lo pone en su sitio, juzgará con la objetividad que procede la gracia que comenzó a derramarse sobre la Iglesia el 19 de abril de 2005 cuando se convirtió en el 265 pontífice. Ese día el peso de la cruz comenzó a ser casi tangible para él. Simplemente el hecho de haber asumido nada menos que la prefectura de la Congregación para la Doctrina de la Fe durante décadas, misión que le ponía en el punto de mira de los críticos de turno por tratarse de un dicasterio que suscitaba abiertas reticencias, apuntaba en su contra. Estos censores de conductas ajenas, que con su acostumbrada miopía no supieron atisbar la hondura que le acompañaba, se limitaron a calificarle de forma tan sesgada como equívoca de conservador con acento peyorativo, hoy han modificado sin rubor su esta calificativo reemplazándolo por el de revolucionario. Lo señalaron como alguien alejado de la realidad y necesidades de su tiempo, y otras presuposiciones basadas en múltiples prejuicios. Todo ello, junto a la comparación con su predecesor el beato Juan Pablo II, fulgurante en su personalidad frente a la escasa notoriedad que se vislumbraba en él, parecía convertir su pontificado en una especie de losa. Incluso se apuntaba a su incapacidad para conducir la Iglesia por las vías que cada uno pensaba debía discurrir –pura osadía–, haciendo dudar de la eficacia de su labor pastoral antes incluso de que comenzara a ejercerla. Fueron errores de peso que enseguida quedaron descalificados.

domingo, 10 de febrero de 2013

DISFRAZADOS DE CRISTIANOS



El año pasado, al poco tiempo de llegar a Cádiz, un sábado aún no de carnaval yendo a celebrar misa en una iglesia del centro, se me cruza un chaval, me mira: “Y tú de qué vas, eres cura o llevas disfraz”. Hoy si es carnaval y este recuerdo me da título al comentario: disfrazados de cristianos. Nos camuflamos y disfrazamos asumiendo personalidades que actitudes egoístas nos imponen, tratamos así de ocultar defectos, problemas o ignorados pecados. Gastamos muchos talentos en promesas de belleza o felicidad caducas y efímeras. Los entrenadores, sanitarios, médicos, maestros, psicólogos, sacerdotes, profesores y en general los acompañantes del físico, del psíquico o del espíritu del hombre lo saben muy bien­: hay una tendencia a camuflar nuestra verdadera personalidad por seguir modelos de conducta inducidos y de imagen muy comercializados, sin entrar ahora en conductas distorsionadas o perturbadas, criminales o fraudulentas. Queremos “adquirir” felicidad, cuando ésta es gratuita, como decíamos la pasada semana y nos timan. 

sábado, 2 de febrero de 2013

HOMILÍA PERFECTA (SOLO PARA CATÓLICOS)





Llegado el momento de su vida pública, Jesús lee el libro sagrado en la sinagoga de su ciudad natal de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido”. Cierra el libro y pronuncia la homilía perfecta: hoy se cumple ante vuestros ojos la escritura. Cristo explica la escritura. Asistimos después a un hecho entre maravillados y sorprendidos: No pudieron o supieron reconocer a Cristo. No pueden entenderlo… ¿Pero si es uno de los nuestros, como puede ser el Mesías? Ser Dios. Ahora medito con y para cristianos y pregunto: ¿Necesitamos prueba de que Cristo es Dios? En el Evangelio de este domingo nos quedaremos un tanto perplejos de cómo intentan despeñar a Cristo cuando se proclama el Mesías… Y Jesús se abrió paso entre ellos y se aleja. Y nos admiraremos una vez más del poder de Jesús. Se alejó de ellos… ¿y de nosotros?; a veces escucho la Palabra de Dios –y no es una monición para los otros, reconozco que me pasa más frecuente de lo que quisiera– que sólo entro en sintonía, “escucho” la Palabra del Dios cuando me dice algo que me confirma mis proyectos o sentimientos. Escucha selectiva: “Dios cumple mis ideas o mis expectativas”. Dios está de mi parte. Todo fluye. Tal vez no lo formulemos así, pero luego nos sorprende que Cristo se aleje.

domingo, 27 de enero de 2013

SANTO TOMÁS DE AQUINO. PATRONO DE LAS UNIVERSIDADES

Recordamos, celebramos, rezamos e incluso pedimos a Dios la intercesión de un profesor de Universidad. Profesor e investigador. Vacía de contenido se nos quedaría la celebración sino reflexionamos y no nos planteamos una pregunta que se tuvo que plantear Santo Tomás de Aquino, cualquiera sea el ángulo o la parcela de nuestra investigación o estudio: cómo llenar el vacío metafísico, ontológico, el relativismo y el hedonismo, el nihilismo, el tautológico saber por el saber, o bajo intereses mercantiles, que sabemos bien denunciar, criticar y analizar. Y es justo que sea así y haremos profundos y necesarios análisis históricos, seminarios e investigaciones. Pero ¿qué visión de vida puedo trasmitir a mis alumnos para dar solidez a la comunidad académica, a la comunidad cristiana, a la sociedad? ¿Qué testimonio? Santo Tomás, hoy no nos invitaría a hacernos tomistas, sino que nos llevaría a plantearnos lo perenne que él se cuestionó: cómo llenar el vacío metafísico, existencial, cómo dar visión transcendental a mi entorno, como dar una respuesta vivencial a aquello que sabemos tan bien denunciar. Cómo ser apologetas, en este Año de la fe, cómo ser coherentes entre la fe creída y mi estilo de vida, como sintetizar, teoría y práctica.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

El misterio de hombres que anuncian vida divina






San Juan Bautista forma a sus discípulos en la sensibilidad para apreciar los valores espirituales con los que puedan reconocer y seguir al verdadero Mesías que estaban esperando. Nos aporta así una nota al inicio del AÑO DE LA FE: habla de Cristo, no de sí. No busquemos que se nos escuche a nosotros, no queramos aumentar el poder y la extensión de nuestras instituciones, de nuestras voces.